[Patagonia Ciberfem] Desarrollo: Una revolución silenciosa en Chiapas

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Date: Fri May 12 2006 - 09:51:07 AST

            Gamboa, directora ejecutiva de Grameen Chiapas, se reune con un
grupo de clientes en Zinacantán.

      NOTICIAS
      Una revolución silenciosa en Chiapas
      Grupos de mujeres indígenas utilizan créditos para producir artesanías
y ganarse respeto por vez primera
      Por Roger Hamilton /BID/Patagonia Ciber Fem

            Desafío en cartón piedra: el fervor revolucionario aún corre en
las venas de algunas chiapanecas.
      CHIAPAS, MÉXICO — El espíritu revolucionario sigue en ebullición en
Chiapas, el estado más sureño de México. Está visible en los eslóganes
pintados con aerosol en las paredes y es parte de las peroratas pronunciadas
en la plaza mayor de la encantadora ciudad de San Cristóbal de las Casas. En
las calles, puestos de libros ofrecen obras sobre revolución y justicia
social, y los enfrentamientos de las guerrillas con las tropas del gobierno
son un recuerdo reciente.

      Ese espíritu revolucionario tiene su raíz en la pobreza —Chiapas es el
estado más pobre de México— y también en las injusticias acumuladas por una
numerosa población indígena durante mucho tiempo relegada a los márgenes
políticos y sociales de la sociedad.

      Algunos revolucionarios aparecen en los titulares de la prensa, otros
son apenas visibles. Entre estos últimos hay miles de mujeres indígenas,
tímidas, relegadas a su hogar y sin conocimientos sobre Marx o sobre
cualquier otra cosa. Son parte de los grupos étnicos Tzetzal, Tzotzil y
Tojolabal, muchas no hablan español.

            Las mujeres siguen amasando tortillas al estilo tradicional a
pesar de su participación en un programa de créditos que les proporciona
nuevas oportunidades económicas.
      Durante generaciones, estas mujeres han vivido en los márgenes de una
sociedad tradicional, a su vez marginada de la sociedad nacional. Cuidan de
sus hijos, cocinan tortillas en sus fogatas humeantes, lavan, y fabrican
juguetes. Trabajan duro y cargan con enormes responsabilidades. En sus
familias y en sus comunidades mandan los hombres.

      Hoy todo esto está cambiando, al menos en algunos hogares. En las
colinas y en los arrabales de las ciudades del estado de Chiapas, muchas
mujeres han comenzado a disfrutar una independencia y respeto impensables
hace una década.

            María Asunción Hernández (izqda) la primera prestataria de
Grameen, trabaja hoy como agente de crédito y mano derecha de la directora
ejecutiva de la organización.

      La fuerza que lidera esta revolución silenciosa es una mujer
exuberante y voluble, justo lo opuesto a lo que son estas mujeres. Su nombre
es Maricela Gamboa, directora ejecutiva de una organización que facilita
pequeños préstamos a grupos entre la población más pobre de Chiapas. Está
ansiosa por salir a visitar clientes en la comunidad de Zinacantán y corre
de un lado a otro de su soleada oficina dictando instrucciones de último
momento a sus empleados. Se sienta con impaciencia a revisar un montón de
trámites que se le van entregando para su firma.

      Crédito para estima personal. Está claro que el Grameen Chiapas es un
buen negocio que proporciona créditos a “grupos solidarios” con un total de
7.000 clientes, 90 por ciento de los cuales son mujeres y la mayoría
indígenas. La cartera de créditos de Grameen asciende a 30 millones de pesos
mexicanos. El programa está financiado con la ayuda de un crédito de 300.000
dólares del Banco Interamericano de Desarrollo que fue aprobado en 2002,
junto a una donación para cooperación técnica de 165.000 dólares que se
utilizó para fortalecer los sistemas financiero y administrativo de Grameen.

      Mientras firmaba los documentos, Gamboa explicó el impacto social y
económico de Grameen entre el sector más pobre de chiapanecas.

      En Chiapas, como en muchas otras sociedades tradicionales del planeta,
los hombres toman las decisiones, manejan el dinero, y esperan que sus
mujeres cumplan con sus obligaciones en silencio y con obediencia. Pero
ahora, como parte de los “grupos solidarios” las mujeres han ampliado sus
horizontes. Ellas planifican cuánto dinero pedir prestado a Grameen, cómo
repartirlo entre sus socias, y cómo lo van a devolver. “Se sienten como
banqueras, y son banqueras”, dijo Gamboa. “Los maridos se muestran más
respetuosos con ellas. Las mujeres ocupan ahora un nuevo lugar en la
 familia”, aseguró. “Ya no son las sirvientas que cocinan y limpian, son
socias que también toman decisiones”.

      Un cambio trae otro. La mayoría de las mujeres son analfabetas, pero
desde un principio Gamboa decidió que estas mujeres no firmarían los
documentos de crédito con su huella. Como mínimo tenían que aprender a
escribir sus iniciales al pie de la página. Y lo hacen, con pulso inseguro
pero con orgullo.

      “Consideramos el crédito como una manera de alcanzar metas sociales
mucho más amplias”, dijo Gamboa. “El crédito es el camino a la autoestima”.
Hizo entonces una confesión personal: Grameen le ayudó también a ella a
romper el estereotipo de género. Aunque aparenta, habla y actúa como la
mujer moderna que es, su marido supuso en un principio que ella asumiría su
papel tradicional. Se quedó perplejo cuando Gamboa le anunció que iba a
aceptar un trabajo que incluiría la supervisión de un amplio equipo de
colaboradores, algunos de ellos varones. Ahora ya se ha acostumbrado a su
nueva personalidad, comenta Gamboa.

      Camino a Zinacantán. Al atravesar la cima de una colina poblada de
pinos se divisa un valle con casas de adobe y tejados de zinc. El pueblo de
Zinacantán tiene el aire honesto de un lugar donde la gente es pobre pero
trabaja para sobrevivir. Es una comunidad en las que típicamente trabaja
Grameen, donde muchos residentes ganan menos del salario mínimo de 5 dólares
diarios.

      En medio de este paisaje monótono se encontraba un edificio bajo con
una patio lleno de tejidos estampados de vivos colores rojo, azul, naranja y
amarillo. Un grupo de mujeres, ataviadas con los vestidos tradicionales
profusamente bordados, se encontraban sentadas en el perímetro del patio.

            Elena Aurora López y su marido ahora toman juntos las decisiones
sobre gastos y administración del hogar.
      Las mujeres formaban parte del Centro 97, uno de los grupos solidarios
de Grameen. Su líder es Elena Aurora López Perez, que lleva seis años
trabajando con el programa. La mayoría de los créditos que reciben las
mujeres son mínimos, del orden de 1.000 a 8.000 pesos mexicanos (96 a 770
dólares). Ellas utilizan el dinero para comprar materiales con los que
producir sus artesanías, en este caso hilo con el que tejer y bordar
textiles.

      López relató su experiencia personal como evidencia de los cambios que
Grameen está introduciendo. Su marido, como todos los hombres de la ciudad,
cultiva maíz y frijol, como lo hicieron sus antepasados durante muchas
generaciones. Sin embargo López está haciendo algo nuevo que incrementó el
respeto que le muestra su esposo y le hizo casi conseguir la igualdad.

      “En general, es el hombre quien toma las decisiones”, admitió. “Pero
de alguna manera esto está cambiando, porque ahora somos iguales”. Juntos
deciden cómo venderán los productos que ella fabrica y ambos administran los
ingresos. Pero López admitió que no todas las mujeres de su grupo han
logrado liberarse a ese nivel. “Varía”, dijo.

      La incógnita del mercado. Pero, mientras su posición personal y su
producción textil mejoran, la venta de sus productos y los de las otras
compañeras de equipo no ha prosperado.

      Un hecho que no es sorprendente. Las ventas son el enigma casi
universal de todos los productores de artesanía. Con niveles mínimos de
educación y viviendo en los márgenes de la sociedad, aislados de las redes
comerciales y de comunicación, los artesanos hacen lo que saben: objetos
maravillosos. Pero lo que a menudo no saben —venderse— lo dejan en manos del
intermediario.

      Las mujeres de Zinacantán pueden tejer una pieza al día, pero
invierten muchos más en bordarla. Entretanto, cocinan, atienden la casa y se
ocupan de sus hijos. Cuando la pieza está terminada, el artesano la vende al
intermediario, el cual paga a la mujer 120 pesos y la vende a un turista por
200 o 250. De los 120 pesos que recibe la trabajadora, 80 se invierten en
materiales. (En comparación, un hombre que trabaja en la agricultura puede
ganar sobre 350 pesos semanales).

      Está claro que no es un método para hacerse rico, incluso en épocas
favorables, que no son frecuentes.

      “Las ventas han sido realmente flojas este año”, dijo López. Los
turistas que visitan Zincantán suelen pasar de largo por el mercado donde
las mujeres venden sus productos. Los guías los conducen directamente a unas
cuantas residencias privadas donde obtienen comisiones sustanciosas sobre
las ventas.

            El mercado de artesanos de San Cristóbal de las Casas atrae al
turismo extranjero pero, con frecuencia, margina a los artesanos que buscan
un espacio para vender sus productos.
      Otro lugar de venta podría ser el gran mercado de artesanía de San
Cristóbal de las Casas, un espectáculo de color de varias acres de extensión
en una colina arbolada junto a la iglesia de Santo Domingo. Pero para poder
participar, una mujer debe costearse el viaje en autobús y luego, si quiere
un lugar donde vender su mercancía, negociar con los coyotes que adjudican
los espacios a cambio de 20 o 30 pesos diarios. Están también los otros
proveedores de “servicios”, cada cual esperando sus pagos, hasta los mismos
basureros que exigen un par de pesos diarios. Es un lugar donde los fuertes
se aprovechan de los débiles, y las mujeres que se aventuran allí tienen que
manejarse con “gente muy abusiva”, según López.

      Mientras López hablaba, Gamboa escuchaba con interés. “Esta pobre
gente trabaja duro, en los campos y en el hogar”, comentó. “Las autoridades
prometen ayuda pero al fin se olvidan de ellos”.

      Grameen es muy consciente del problema de mercadeo, y a partir de 2005
ha empezado a vender en Estados Unidos las artesanías de sus clientes.
Planean también abrir una tienda en Ciudad de México, si es posible antes de
2007.

      Cuando las ventas flojean, las mujeres se enfrentan a dos problemas:
no reciben ingresos por su trabajo y deben seguir pagando sus créditos a
Grameen. En algunos casos, si las ventas son escasas la mujer debe recurrir
a la ayuda de su marido o de otro familiar para pagar su cuota, pero casi
nunca dejan de cumplir con sus obligaciones crediticias. Es un hecho que, en
todo el mundo, los microempresarios se toman sus responsabilidades
crediticias muy en serio. Aunque los programas de microempresa puedan
toparse con infinidad de problemas, los niveles de mora de los clientes no
suelen ser uno de ellos. En el caso de Grameen, la cartera en mora varía
entre el 2 y 5 por ciento del total, pero es totalmente recuperable. En el
peor de los casos, si un miembro de un grupo solidario muere, Grameen asume
su deuda.

      A pesar de los problemas, Gamboa señala que la mayoría de sus clientes
llevan años con ellos. Valoran el crédito por las oportunidades económicas
que les ofrece y por los cambios que ha aportado a su situación personal.
“La verdad es que se están beneficiando”, dijo Gamboa.

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Received on Fri May 12 09:56:15 2006

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